La Sierva de Naamán

Por Rebeca Díez - Devocional 22 de octubre 2025.

Devocional de hoy

La Sierva de Naamán

El origen del relato

El relato de la sierva comienza en el capítulo 5 del 2º libro de Reyes. Todos hemos oído acerca de la sanidad de Naamán el sirio, un leproso. Pero la historia de la sanidad no hubiera sido posible sin la intervención de la sierva de su esposa.

Ella era una israelita que había sido cautiva por los sirios. En ese tiempo, Israel no estaba abiertamente en guerra con Siria, sin embargo, Siria hacía redadas a lo largo de las fronteras y se llevaban mercancías y prisioneros. Luego, estos se convertían en sus esclavos. Esta sierva había sido uno de estos cautivos.

Aquí vemos a una jovencita, no sabemos su edad, que fue tomada cautiva por una banda de hombres toscos, quienes la vendieron como esclava. Era una israelita piadosa que servía y creía fervientemente en el Dios de Israel. También creía que Dios podía sanar a Naamán. Se lo dijo a su señora, y esto llegó a oídos del rey de Siria, quien envió a Naamán con Eliseo.

Debemos TESTIFICAR

Seguramente, la sierva era alguien quien a pesar de todas sus dificultades, había decidido servir al Señor con todo su corazón. Esto se hace evidente al verla testificar a su señora acerca de la fidelidad de Dios. No le deseaba ningún mal a sus amos que la tenían esclava; al contrario, deseaba su sanidad y bendición.

Vemos que su amor por Dios había penetrado tanto en su ser, que había quitado toda dureza o resentimiento por aquellos que la mantenían en cautividad.
El Señor llenaba tanto su vida, que parecía estar siempre sostenida por una paz y contentamiento sobrenaturales.

No hay indicios de tristeza por el hogar, ni cualquier otro tipo de insatisfacción. Su vida parecía limpia y pura. El amor por Dios gobernaba de tal manera su vida, que podía mantenerse con un corazón gozoso, amando a todos aquellos a su alrededor.

Lucha contra la amargura

Fácilmente pudo sentirse amargada con Dios, y hasta pudo haber cerrado su corazón hacia Él durante su tiempo de prueba. Pudo haber meditado muchas veces en su corazón que Dios le había fallado y no la había protegido de la esclavitud en manos de los sirios.

Después de todo, había sido separada de sus padres y de su hogar. ¿Era su destino desconocido para ella? ¿Su familia fue asesinada al ser ella capturada? No lo sabemos.

Sin embargo, no fue invadida por el resentimiento y la autocompasión como muchos otros. Esta jovencita tenía una verdadera fe en Dios. Ella creía, aun cuando no entendía. A pesar del ambiente que la rodeaba, mantuvo su fe en Dios.

Cuando estamos experimentando las tinieblas de sentirnos prisioneras porque el Señor lo ha permitido para probarnos, ¿cuál es nuestra actitud? ¿Permitiremos que las circunstancias nos gobiernen, o clamaremos al Señor como lo hizo esta sierva para que nos ayude a confiar y tener paz a pesar de las circunstancias?

El testimonio de la fe

Naamán y su esposa, sus demás siervos, y aun Eliseo muy pronto sentirían el impacto de la fe de esta jovencita.
Naamán era un general del ejército y un varón honorable. Sin embargo, fue afligido con la maldición de la lepra, la cual era incurable, y también un tipo de pecado.

Naamán era tan grande como el mundo lo había hecho. Pero, como un escritor declara:

“El esclavo más despreciable en Siria, no cambiaría su piel con él.”

La sierva tenía gran confianza en el poder de Dios y dijo a la esposa de Naamán con un corazón lleno de fe:

“Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra.”

Respeto, Humildad y Valentía

Seguro que hubo mucho respeto en las palabras de la joven. También se requería de humildad para que el rey de Siria y Naamán atendieran a una jovencita y actuaran rápidamente en respuesta a sus palabras. Y también mucha dosis de valentía.

Por eso, el rey de Siria, de inmediato, escribió una carta al rey de Israel, informándole acerca de la visita de Naamán, que llegó a la casa de Eliseo deseoso de saludar a este profeta que tenía el poder de Dios para sanar a los enfermos.

Pero… imagínate su sorpresa y desilusión cuando Eliseo no lo recibió, sino que le envió un mensajero. Así comenzó la prueba de parte de Dios para este hombre.

El Orgullo

Eliseo le instruyó diciéndole que fuera al río Jordán, se lavara siete veces y sería limpio. Sin embargo, Naamán no esperaba esto y se disgustó y enojó muchísimo contra Eliseo y sus métodos.

Es común que Dios y el hombre difieran en su punto de vista acerca de cómo deben hacerse las cosas. Cuán frecuentemente el orgullo nos impide nuestra propia redención, y nos convierte en nuestro peor enemigo.

Si Naamán esperaba curarse, debía someter su voluntad a la voluntad divina. En esencia, no había otra forma; ésta es la moraleja de la historia.

Pudo haber terminado aquí, si no hubiera sido por el requerimiento de los siervos de Naamán, que le rogaban que cumpliera lo que Eliseo demandaba.

El Milagro

Ahora, mientras enfrentaba la decisión más importante de toda su vida, quizá nuevamente recordaba el testimonio de la sierva. Quizá recordaría lo que ella le había dicho confidencialmente a su esposa acerca del milagroso poder que obraba en, y a través de, Eliseo.

Estos pensamientos calmaron su airado espíritu, y Naamán se sometió al requerimiento de Eliseo. Después de lavarse siete veces en el río Jordán, Naamán fue limpiado completamente de su lepra, y su carne se volvió como la de un niño.

Vemos aquí el milagro aún más grande, cuando Naamán vuelve a Eliseo diciendo:

“He aquí, ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra sino en Israel.”

Naamán no sólo había sido sanado físicamente sino también espiritualmente. ¡Todo a causa de una jovencita sin nombre quien aceptó de buena gana sus circunstancias!

El impacto de una vida fiel

Piensa en la cantidad de personas a quienes ella influyó. ¿Cuántas personas testificarían este glorioso milagro y creerían al poderoso Dios de Israel?

Cuando Naamán volvió a su casa en Siria, limpio y sano, ¿cuántas personas serían impactadas por su testimonio de sanidad, y aún más, por su confesión de fe en el Dios de Israel? ¿Cuántos en su casa serían persuadidos a creer y seguir a Dios después de su conversión?

Seguro hubo un gran avivamiento.

Conclusión: Siervas de Dios, no del hombre

Debemos permitirnos, como la sierva, ser canales a través de los cuales la gloria de Dios sea manifestada. Esta joven era únicamente una sierva, una esclava, pero pudo aferrarse a la realidad de que no era una esclava del hombre, sino que pertenecía a Dios.

Su aceptación a esta verdad permitió a Dios usarla como testimonio a una nación entera. Su vida, así como sus palabras, vinieron a ser testigos de Su grandeza y Su bondad.

La sanidad de Naamán fue un tremendo testimonio para Siria y su rey.
Seamos, pues, como la joven sierva: fieles al aceptar su plan y propósito en nuestra vida, mientras buscamos honrarle con nuestro servicio.