El Renuevo

Por José Jesús García - Devocional 19 de julio 2026.

Devocional de hoy

El Renuevo

Aconteció que el pueblo se quejó a oídos de Jehová; y lo oyó Jehová, y ardió su ira, y se encendió en ellos fuego de Jehová, y consumió uno de los extremos del campamento.

Números 11:1

Moisés: un hombre transformado por Dios

Moisés pasó de ser un asesino a convertirse en el hombre más manso de la tierra porque permitió que Dios tratara con su vida y moldeara su carácter. Permaneció cuarenta años en el desierto y fue llamado a guiar a un pueblo rebelde que, aun después de haber sido libertado de la esclavitud, continuaba quejándose.

La transformación de Moisés nos enseña que Dios puede cambiar cualquier corazón dispuesto a ser formado por Él.

El peligro de la queja

El ser humano tiene una tendencia natural a la queja, fruto de la ingratitud, la falta de humildad y la soberbia. ¡Cuántas veces nos quejamos durante el día! Dios escucha nuestras palabras y la queja le desagrada.

Él es un Dios celoso que desea que le amemos y le demos gracias en todo, incluso cuando permite la corrección, porque esta produce crecimiento en nuestra vida. La queja genera enojo, raíz de amargura y descontento, alejándonos poco a poco de la presencia del Señor.

No existen las casualidades, sino las consecuencias de nuestros actos. Por eso debemos ser personas agradecidas, reflexivas y espirituales, capaces de discernir los tiempos de Dios.

Cambiar la queja por oración

Entonces el pueblo clamó a Moisés, y Moisés oró a Jehová, y el fuego se extinguió.

La solución nunca fue seguir quejándose, sino volver el corazón a Dios. Debemos reconocerle, buscarle y clamar a Él. La oración apaga el fuego de la desesperación y abre nuevamente el camino hacia la presencia del Señor.

El engaño de recordar Egipto

Y llamó a aquel lugar Tabera, porque el fuego de Jehová se encendió en ellos. Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne!

Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; y ahora nuestra alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos.

El hambre era una necesidad real, pero Dios ya había provisto una respuesta: el maná, el alimento diario que descendía del cielo.

Sin embargo, la influencia de la gente extranjera contaminó el corazón del pueblo, haciéndoles añorar la esclavitud y olvidar la libertad que Dios les había dado.

Así también actúa el enemigo hoy: intenta convencernos de que el mundo ofrece algo mejor que la voluntad de Dios, haciéndonos desear aquello de lo que el Señor ya nos rescató.

El maná: la provisión de Dios

El maná descendía cada mañana junto con el rocío. Era una provisión completa y suficiente para el pueblo.

De la misma manera, Dios continúa proveyendo para nuestras necesidades materiales, pero sobre todo para nuestra vida espiritual.

¿De qué servirían todas las riquezas si nuestro corazón estuviera lleno de pleitos, envidias, contiendas y amargura? La verdadera provisión comienza en el interior.

El sabor del aceite nuevo

Y era el maná como semilla de culantro, y su color como color de bedelio. El pueblo se esparcía y lo recogía, y lo molía en molinos o lo majaba en morteros, y lo cocía en caldera o hacía de él tortas; su sabor era como sabor de aceite nuevo. Y cuando descendía el rocío sobre el campamento de noche, el maná descendía sobre él.

El Señor nos alimenta con su Palabra y nos unge con su aceite nuevo. Su presencia es la que sostiene nuestra vida.

No importa la situación que estemos atravesando; lo verdaderamente importante es que su unción permanezca sobre nosotros. Su aceite representa su presencia, su cobertura, su amor y el aroma de Cristo en nuestra vida.

Una vasija llena de aceite

No permitamos que el extraño venga a engañarnos. Más bien, renovémonos cada día en el Señor y dejemos que Él llene nuestra vasija, no de hiel, resentimiento o amargura, sino de su aceite nuevo.

Practiquemos su Palabra y caminemos en obediencia. Entonces recibiremos nuevas fuerzas, porque no venceremos por nuestras capacidades, sino por el poder de su Santo Espíritu.

Muchos se cansan y abandonan el camino porque dejaron de renovarse en la presencia de Dios. Pero quienes permanecen ungidos con aceite fresco pueden superar cualquier dificultad, y el Señor renueva sus fuerzas y rejuvenece su vida espiritual.

Reparando las grietas del corazón

Muchas veces nuestra vasija presenta grietas. Esas grietas son la queja, la crítica, el desánimo y la falta de gratitud.

Necesitamos reparar nuestra vida con contentamiento, humildad y agradecimiento. Cuando vivimos así, comprendemos que Dios está con nosotros y que nada nos faltará, porque Él es nuestro proveedor.

Conclusión

El Señor nos llama a dejar atrás la queja, olvidar Egipto y vivir agradecidos por el maná que cada día pone delante de nosotros.

Su aceite nuevo trae renovación, fortaleza y unción para permanecer firmes. Cuando nuestra vida está llena de su presencia, ninguna circunstancia podrá apartarnos de Él.

Oración

Señor, llénanos de tu presencia. Perdónanos porque muchas veces somos propensos a la queja y a la ingratitud. Hoy reconocemos que siempre has sido fiel, que nunca nos ha faltado tu provisión y que has llenado nuestras copas hasta rebosar.

Danos de tu aceite nuevo, renueva nuestras fuerzas y permite que vivamos cada día bajo la unción de tu Santo Espíritu. Guarda nuestro corazón de toda amargura, crítica y descontento, y enséñanos a vivir con gratitud y obediencia.

En el nombre de Jesús. Amén.