El poder de una disculpa

Por Rebeca Díez - Devocional 6 de enero 2025.

Devocional de hoy

El Poder de una Disculpa

El ejemplo de Abigail

Abigail, una sabia mujer del antiguo Israel, muestra el poder que de una disculpa, aunque el error lo había cometido su esposo. Mientras moraba en el desierto, David, que después sería rey de Israel, protegió con la ayuda de sus hombres los rebaños que pertenecían a Nabal, el marido de Abigail. Sin embargo, cuando unos jóvenes de David le pidieron algo de pan y agua, Nabal los despidió con gran desprecio. David, ofendido, reunió a unos cuatrocientos hombres para atacar a Nabal y su casa. Cuando supo lo que pasaba, Abigail salió al encuentro de David. Tan pronto como lo vio, cayó sobre su rostro a sus pies y le dijo:

“Sobre mí misma, oh señor mío, esté el error; y, por favor, deja que tu esclava hable a tus oídos, y escucha las palabras de tu esclava”.

1 Samuel 25:24

Acto seguido, Abigail pasó a exponerle la situación a David y le regaló comida y bebida. Entonces, él le respondió: “Sube en paz a tu casa. Ve que he escuchado tu voz para tener consideración a tu persona” (1 Samuel 25:2-35).

Gracias a la actitud humilde y a las disculpas que ofreció por el comportamiento desagradecido de su esposo, Abigail salvó a toda su casa. David incluso le agradeció que lo hubiera librado de actuar en su ira. Aunque no había sido ella quien había tratado mal a David y a sus hombres, reconoció la culpa de su familia e hizo las paces con él.

El ejemplo del apóstol Pablo

Otro ejemplo de alguien que sabía pedir perdón es el apóstol Pablo.

En cierta ocasión tuvo que defenderse ante el tribunal supremo judío, el Sanedrín. El sumo sacerdote Ananías, enfurecido por las francas palabras de Pablo, ordenó a los que estaban de pie cerca del apóstol que lo golpearan en la boca. Ante eso, Pablo le replicó: “Dios te va a herir a ti, pared blanqueada. ¿A un mismo tiempo te sientas tú a juzgarme según la Ley y, violando la Ley, me mandas herir?”. Cuando algunos de los presentes lo acusaron de injuriar al sumo sacerdote, el apóstol reconoció su error de inmediato.

“Hermanos, no sabía que era sumo sacerdote. Porque está escrito: ‘No debes hablar perjudicialmente de un gobernante de tu pueblo’”

Hechos 23:1-5

Pablo estaba en lo cierto cuando dio a entender que los jueces no debían recurrir a la violencia. Aun así, se disculpó por dirigirse, sin saberlo, al sumo sacerdote de un modo que podía considerarse irrespetuoso.* Las disculpas de Pablo abrieron el camino para que el Sanedrín escuchara lo que tenía que decir. Como conocía bien la controversia que existía entre los miembros del tribunal, Pablo argumentó que se le estaba juzgando porque creía en la resurrección. Como resultado, se suscitó una gran disensión y los fariseos se pusieron de parte de Pablo (Hechos 23:6-10).

Lecciones que podemos aprender

¿Qué podemos aprender de estos dos ejemplos bíblicos? En ambos casos, las sinceras muestras de arrepentimiento trajeron reconciliación, las disculpas ayudaron a lograr la paz. Sí, reconocer nuestros errores y pedir perdón por el daño que hayamos hecho puede darnos la oportunidad de mantener unidad.

“Yo no he hecho nada malo”

Cuando descubrimos que alguien se ha ofendido por algo que dijimos o hicimos, puede que pensemos que tal persona es hipersensible. Sin embargo, recordemos la advertencia que Jesucristo dio a sus discípulos:

“Si estás llevando tu dádiva al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu dádiva allí enfrente del altar, y vete; primero haz las paces con tu hermano, y luego, cuando hayas vuelto, ofrece tu dádiva”

Mateo 5:23-24

Supongamos, por ejemplo, que un hermano cree que hemos pecado contra él. Según lo que dijo Jesús, estemos o no de acuerdo con que hayamos hecho algo incorrecto, tenemos que ir y ‘hacer las paces con nuestro hermano’. En efecto, cuando se produce un enfrentamiento entre dos personas, es probable que ambas tengan algo de culpa, puesto que las dos son imperfectas y tienden a equivocarse. Por lo general, esta situación requiere concesiones por parte de ambas.

Lo importante no es tanto quién tiene la razón y quién está equivocado, sino quién tomará la iniciativa para hacer las paces. La paz entre los hermanos es más importante que demostrar quién tiene la razón. Recordar este principio nos facilitará pedir perdón a quien piensa que lo hemos ofendido.

La sinceridad es fundamental

Las palabras y el tono de voz deberían transmitir la sinceridad de nuestro pesar. Si de verdad lo lamentamos, debemos demostrarlo. Un ejemplo: un hombre que estaba haciendo cola en el mostrador de facturación del aeropuerto se disculpó cuando golpeó levemente con su equipaje a la mujer que tenía delante. Unos minutos después, cuando la fila se movió, la maleta volvió a rozar a la señora. Otra vez, el hombre se disculpó con mucha educación. Cuando la misma situación se repitió una vez más, el compañero de viaje de la señora le respondió que si lo sentía de verdad, debería asegurarse de que no volviera a suceder. Sí, una disculpa sincera ha de ir acompañada de la determinación de no volver a cometer el mismo error.

Para que nuestra disculpa sea sincera, tenemos que reconocer el error, pedir perdón y hacer todo lo posible por reparar el daño. El ofendido, por su parte, debería estar dispuesto a perdonar al ofensor arrepentido (Mateo 18:21, 22; Marcos 11:25; Efesios 4:32; Colosenses 3:13). No siempre es fácil hacer las paces, dado que todos somos imperfectos. Sin embargo, una disculpa puede contribuir muchísimo a lograrlo.

Oración final

Oración: Señor, ayúdanos a perdonar y a pedir perdón las veces que haga falta por tener paz con todos nuestros hermanos, porque sabemos que esto te agrada, y nuestro deseo es agradarte de todo corazón.